Atardecer sobre un brazo del río Amazonas, con una casa ribereña en la orilla

Crónica de viaje

Atravesar el Amazonas

Terrible sueño y maravillosa pesadilla: de Manaus a Colombia por el río, 1,628 kilómetros de agua y ninguna carretera.

Texto y fotografías: Emilio LezamaPublicado en GQ

Estoy varado en Colombia. No puedo salir aunque técnicamente no estoy adentro, tampoco puedo entrar aunque oficialmente estoy afuera. Mi primo me pasó un artículo que relata la historia de cómo John McAfee escapó de una situación similar en Guatemala fingiendo un ataque cardiaco. Me sugiere hacer lo mismo. Otro amigo me platica de un conocido que tuvo que quedarse 8 meses refugiado en su embajada. “No te agüites, él era político” -me dice para tranquilizarme. Yo tuve un ataque de pánico, no lo tuve que fingir, pero el paramédico no le dio mucha importancia. “No es para tanto, tómese un té y duerma.” -me dijo muy sacado de pena.

Todo empezó hace dos semanas. Llegué a Manaus, Brasil con la consigna de atravesar el Amazonas y llegar en río hasta Colombia. Siempre he soñado con hacer esto. El viaje es largo, entre Manaus y Tabatinga, la frontera con Colombia, corren 1628 km de río y ninguna carretera. Hay varias razones para sobrellevar un viaje así, (el espíritu de aventura, el precio del viaje, la naturaleza) pero la comodidad no es una de ellas: viajar en lancha puede ser una monserga.

Manaus es la capital del Amazonas y la puerta de entrada a la selva más grande y famosa del mundo, es también su ciudad más grande y con dos millones de habitantes, la más poblada. Al bajar del avión, huelo el aire y siento una satisfacción incontenible, resulta que el Amazonas huele a casa. El lector no tiene por qué saber que mi familia es tabasqueña, ni que las urbes tropicales huelen igual: a humedad estancada, guanábana y gasolina. Lo olí en Tabasco, en Tailandia y ahora en Manaus.

Manaus fue fundada en 1670 por portugueses ávidos de ganarle territorio a España. Los españoles estaban demasiado ocupados drenando las minas de Perú y México como para preocuparse por un bosque trópical ‘sin ningún tipo de potencial’. Lo que los portugueses se apañaron, los brasileños acapararon después de consumar la independencia más pacífica y extraña de todo el continente. El 7 de septiembre de 1822 los locales convencieron al príncipe Pedro, hijo del rey de Portugal, a declarar Brasil independiente, y así, como si nada, el minúsculo país iberico se quedó sin un territorio 92 veces más grande que Portugal y Manaus pasó a ser parte de Brasil.

En 1832 soldados en Manaus se amotinaron e independizaron del estado de Pará. Tres años después, un grupo de mestizos, indígenas y afrobrasileños, hartos de la explotación y el racismo, se rebelaron contra sus opresores. Esta rebelión comenzó en Belém, una ciudad amazónica en el Atlántico, pero la adhesión de Manaus a la causa fue fundamental para probar la unidad amazónica que posteriormente llevaría a la creación del estado de Amazonas en Brasil.

A la revolución del Cabanagem, siguió el “boom” del caucho. Cuando los europeos descubrieron las propiedades del árbol de caucho -endémico del Amazonas- y su posibilidad de generar materiales elásticos y resistentes al agua, este producto se volvió uno de los más codiciados del mundo. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el caucho transformó a Manaus. Si en 1867 un ingeniero alemán la describió como “un pueblito insignificante de tres mil habitantes… con las construcciones más primitivas y sin ningún intento de belleza arquitectónica”, para 1877, Manaus ya tenía 50,000 habitantes y había sido pomposamente nombrada “La París del Trópico.”

Eduardo Goncalves de Ribeiro, su gobernador de entonces y quien acuñó el famoso nombre, presumió: “me encontré una aldea y la convertí en una ciudad moderna.” Ribeiro no solo se refería a la industria, si no a los excesos, vanidad y dinero que abundaban en Manaus. El historiador inglés Robin Furneaux lo relató así: “Ninguna extravagancia, por más absurda, frenaba a los barones del caucho. Si un barón compraba un yate majestuoso, otro se compraba un león y un tercero bañaba a sus caballos con champaña.” Nuestro propio gobernador Ribeiro acabó siendo víctima de esta extravagancia: murió estrangulado en un juego sexual. Toda esta opulencia llegaría a un súbito final. En 1876 un inglés llamado Henry Wickham contrabandeó 70,000 semillas del árbol del caucho a Inglaterra y de ahí las repartió a las colonias británicas acabando de manera fulminante con el monopolio brasileño del caucho y con el apogeo de Manaus.

Hay otra concordancia entre los trópicos además del olor, por alguna razón las ciudades tropicales tienden a ser espantosas; la París del Trópico no es ninguna excepción. Hay una tendencia obsesiva por cubrir cada milímetro con chapopote, a dejar en claro el rastro civilizatorio del cemento. Donde más árboles había, más concreto debe cubrir. Mi teoría es que en estas zonas los árboles y las hierbas son el símbolo de un pasado considerado “primitivo” y ante ello el cemento es una tristísima simbología del progreso, del hombre que ha domado a la imbatible naturaleza. Las urbes globales mueren por tener más parques y árboles, aquí donde abundó la flora, lo que se busca es no dejar rastro de ella.

Al llegar a Manaus impera un sentimiento de abandono. El centro de la ciudad está lleno de edificios monumentales, que alguna vez fueron grandiosos y hoy son solo ruinas. Ventanas rotas, pintura despellejada, perros callejeros. La excepción es la casa de la ópera, el teatro Amazonas, una imponente edificación construida en 1897, con una cúpula colorida al estilo art noveau, un pórtico neo-clásico y una estatua de bronce. Este teatro es el último remanente de aquella bonanza del caucho: en medio del amazonas brasileño, el Teatro Amazonas presume su hierro traído de Glasgow, sus mosaicos de Alsacia, su cantera de Carrara, sus espejos franceses y sus candelabros venecianos.

El centro de Manaus: la decadencia de la París del Trópico.
El centro de Manaus: la decadencia de la París del Trópico. · Foto: Emilio Lezama

Muy a lo latino, a pesar de su grandiosidad, esta casa de ópera sólo ha atestiguado gran ópera una vez: en su inauguración. El teatro fue construido muy chico y el costo de traer a una compañía de ópera al corazón de la selva resultó ser demasiado alto. Cuando una compañía de ópera por fin logró llegar a Manaus, la mitad de los artistas murieron de fiebre amarilla. De tal forma, La Gioconda de Ponchielli queda en los anales de la historia como la única ópera en haber podido presentarse en este remoto trópico.

En Manaus me quedo en el centro, en un magnífico hotel llamado Hotel Villa Amazónica, pero cuando llego por primera vez de noche, pienso que el taxista se ha equivocado. La zona parece un pueblo fantasma. Con la llegada del día ese sentimiento cambia, y me doy cuenta de lo atractiva que puede ser la decadencia. He dicho que Manaus es espantosa, pero eso no le quita su encanto. Como un patito feo, la risposidad de esta ciudad la vuelve cautivante. Sobre todo cuando al final del día llegó a mi hermoso hotel y me tomó una caipirinha junto a la alberca mientras que un amigo me cuenta como no pudo dormir porque el hotel donde él se está quedando resultó ser un burdel. La mejor manera de apreciar un hotel, es comparandolo con uno peor.

Existen tres tipos de ríos en la Amazonía: blanco, negro y claro. Los ríos blancos descienden de los Andes y tienen un color beige cremoso por la cantidad de sedimentos que cargan, estos ríos son abundantes en vida. Los ríos negros son más calientes y lentos lo que hace que la vegetación tenga tiempo de descomponerse y sacar acidos orgánicos; la acidez impide la vida. Los ríos claros no tienen ni sedimentos ni acidez. En Manaus, los ríos negro y blanco se juntan en un solo cauce y durante varios kilometros las aguas de los dos ríos andan sin mezclarse por la diferencia en su densidad.

En esta parte del Amazonas un mismo flujo parece conllevar dos ríos, de un lado el agua negra y del otro el agua beige del Solimões. Para los brasileños este encuentro es fundamental, mientras que el resto del mundo considera que el Amazonas baja de las montañas de Perú, para los brasileños el Río Amazonas empieza aquí, en la confluencia del Río Negro y el Solimões. Nada más simbólico en América Latina que la unión del blanco y el negro para explicar el genesis.

Hoy, Manaus es un puerto de aguas profundas que recibe cargamentos de todo el mundo. El Amazonas es tán ancho y profundo que los barcos pueden llegar hasta aquí, a 1600 km del mar sin ningún problema. No es casualidad que el primer europeo en navegar el Amazonas lo haya denominado “un mar dulce”. Lo de mar no es de a gratis, en el amazonas hay delfines y mantarrayas, tiburones y playas, hay partes de 50km de ancho y 150m de profundo, en el Amazonas hay olas y hay surfistas, hay islas del tamaño de suiza, arrecifes coralinos, hay mamíferos, reptiles, pájaros, anfibios, 390 mil millones de árboles y 3000 especies de peces registradas en el río.

Por eso, en la madrugada de mi segundo día, me dirijo al mercado principal de Manaus, un edificio de hierro, importado desde Francia en un estilo Art Noveau, que mi parroquianismo mexicano me hace comparar con el Palacio de Hierro de Orizaba, pero que otros más sabios, rastrearían a su origen galo. En el mercado me espera Ney, que tiene un puesto de pescado adornado con una bandera gigante del equipo de futbol Flamengo. “Pescado y Flamengo” -mis dos religiones, me dice en un portuñol que es más portu que ñol. Ney me lleva a recorrer el mercado y cada vez que encontramos una nueva especie de pescado la toma entre sus manos y me pide que le tomé una foto como si lo acabara de sacar del agua y estuviera por ganar un concurso de pesca.

Ney presume un pescado amazónico en el mercado de Manaus.
Ney presume un pescado amazónico en el mercado de Manaus. · Foto: Emilio Lezama

La diversidad de peces impresiona, hay mantarrayas, pirañas, y bichos de todo tipo y tamaño. El más preciado es el tambaqui, un pez que parece una piraña gigante, sin dientes filosos pero con más de un metro de largo. A mi lo que más me impresiona es ver una caja llena de lo que en la pecera de mi infancia llamaba “pez aspiradora” y que mi lado nerd sabe que científicamente se denomina “plecostomus”. Estos peces llegan vivos al mercado “porque su carne se echa a perder muy rápido pero son muy buenos para hacer sopa”. -me explica Ney. Pienso en mi pecera de la infancia y recuerdo cuánto me gustaba ver al plecostomus pegado en el vidrio. ¡Que bueno que mi madre no era brasileña!

Peces aspiradora en el mercado: “muy buenos para hacer sopa”.
Peces aspiradora en el mercado: “muy buenos para hacer sopa”. · Foto: Emilio Lezama

La mejor manera de probar toda esta diversidad de pescados y verduras es yendo a comer a Caxiri, un bodegón bien alumbrado en el que la chef Débora Shornik crea recetas vanguardistas con los productos locales. Caxiri abrió hace 6 años y es una de las experiencias gastronómicas más interesantes que he vivido. Débora es una mujer de facciones alargadas, que me recibe con una especie de turbante y me hace pensar en una chamán que ha salido de la selva para compartir su sabiduría. Además de ser una excelente investigadora y cocinera, la carrera de Debora tiene todos los elementos del romanticismo culinario: empezó como mesera y acabó como chef.

En cuestión de minutos tengo frente a mí un festín de las cosas más improbables y desconocidas. Aquí pruebo el famoso pez tambaqui con pesto de hierbas, limón, piña, yuca y castañas frescas. Mientras lo pruebo, Debora me habla extensamente sobre la yuca. En el Amazonas, la yuca es la base de la comida, el equivalente del maíz mexicano y la papa peruana. Aquí, los locales la tuestan para hacer una especie de grano llamado farofa. La farofa es el condimento por excelencia del amazonas, una especie de cereal ligeramente ahumado que más que sabor da consistencia a la comida. Lo interesante es que la mayoría de especies de yuca son venenosas y solo pueden ser comestibles después de un arduo proceso de filtración. De alguna extraña forma esto hace sentido, en el amazonas todo parece estar diseñado para matarte, que la base de la comida local sea un tubérculo mortífero resulta más que adecuado.

Débora me platica de su obsesión por la diversidad amazónica, “la selva está llena de plantas increíbles, pero aquí en Manaus mucha gente ha olvidado ya su uso” me dice. Unos minutos después, me trae una tabla con lo que parece ser la colección de hojas de algún botánico. Las inspecciono con la mano pero Debora me corrige. “Comelas”. No suelo ser un gran entusiasta de las ensaladas, pero esta selección de hierbas me vuela los sesos. Cada planta tiene un sabor potente y único. Una me recuerda a la pimienta de cayena y tiene el mismo efecto entumecedor en mi lengua, otra sabe a vainilla, una más deja la acidez de unas palomitas con valentina, chamoy y limón, en ridículo.

Algo similar me sucede en la frutería de Rosa, donde a pesar de que me considero un “connaisseur” de frutas, pruebo tantas cosas nuevas que me veo forzado a revalorar mi conocimiento. El túcuma, que se raspa con un cuchillo y sabe a nuez, el marimari, la maracujá do mato, la pupunha -que hervida sabe a elote-, el buriti que es morado y también produce vino, el jambo que parece una manzana hecha por artistas latinoamericanos, la arazá, el camu camu -fresco y cítrico y buenisimo para el calor-, y el cupuacu, un primo hermano del cacao que se toma en jugo pero que también sirve para hacer un chocolate que no es chocolate si no CUPULATE. (¿Qué no había un capítulo de Friends sobre esto?) En fin, dígame usted querido lector, si pudo reconocer entre estos nombres algo que le sea familiar o apetecible.

La frutería de Rosa, en Manaus.
La frutería de Rosa, en Manaus. · Foto: Emilio Lezama

Podría pasar toda la vida escribiendo sobre comida y fruta, pero prometí un viaje, y, hay que recordar -para fines de tensión dramática- que ese viaje debe forzosamente acabar conmigo, agotado y varado ilegalmente en Colombia. Así que prosigo.

Manaus es una ciudad fascinante, pero no deja de ser una gran urbe. A pesar de que el Río Negro la atraviesa y los locales se bañan en las playas, la selva parece tan lejana aquí como de cualquier otra ciudad en el mundo. Por eso, en la mañana del día siguiente tomo un vuelo a Tefé.

Quizás este es un buen momento para tomar un mapa. Tefé es una pequeña ciudad, 595 km al oeste de Manaus. En Tefé hay 59,000 habitantes, y ninguna carretera. La única manera de llegar aquí es en avión o lancha. A esas alturas, el lector que está viendo el mapa se ha dado cuenta que este poblado se encuentra en el mero centro del Amazonas. Si alguna vez la frase en “medio de la nada” tuvo un sentido literal, es aquí.

Mapa del recorrido por el Amazonas
El recorrido: de Manaus a Tefé, la reserva Mamirauá y la triple frontera.

El epicentro de Tefé es el puerto, un caos de arcilla, tablas de madera y lanchas. Nada es muy estético y todo es apenas funcional, pero no vine a estar en otra ciudad así que ahí me dirijo. El sol cae pleno, sin ningúna inhibición o sentido del pudor. Un helicóptero del ejército vuela muy bajo y los pescadores van llegando en sus botes de madera; ya se siente el Amazonas y se siente bien ajeno. Es un sentimiento en el que ahondaré en los próximos días, por lo pronto me subo en una lancha con un grupo de audaces como yo y me dirijo directo hacia la nada.

Atardecer en el puerto de Tefé.
Atardecer en el puerto de Tefé. · Foto: Emilio Lezama

La nada aquí tiene por nombre “Reserva de Desarrollo Sustentable Mamirauá” y es uno de los lugares mejor preservados de toda la amazonía. Este es un lugar único en el mundo. Durante la mitad del año, la selva de Mamirauá se inunda y queda sumergida en el agua creando un ecosistema único llamado várzea. Los animales de aquí se han adaptado a esta particularidad. Los árboles y plantas sobreviven bajo el agua; los delfines rosados son los únicos que pueden girar la cabeza y nadar en reversa para poder cazar entre los árboles del bosque inundado; los jaguares han aprendido a vivir y cazar entre las copas de los árboles, sus cuerpos son más pequeños pero sus músculos más ágiles. Ésta es una reserva del tamaño de Irlanda, donde el Amazonas lo abarca todo.

La reserva es el fruto del trabajo de un conservacionista brasileño de nombre José Márcio Ayres. En 1973, en una visita al zoológico de Berlín, este científico se encontró con una especie de mono que nunca había visto. Se trataba del mono Uakari, una especie endémica de Mamirauá que fue descrita en 1855 por Henry Bates como “un chango con una apariencia de lo más grotesca.” pero que yo me atrevo a describir como un chango atlético de cabeza rosada, cuerpo gris y cara de pocos amigos.

Un ribereño en su canoa, en la reserva Mamirauá.
Un ribereño en su canoa, en la reserva Mamirauá. · Foto: Emilio Lezama

Márcio Ayres se obsesionó con el Uakari y se vino a vivir a Mamirauá para poder estudiarlo. Al llegar, se dio cuenta de la abundancia ecológica del entorno. No fue el primero, un siglo antes, el explorador inglés Henry Bates había decidido quedarse aquí por la gran biodiversidad que había encontrado, Bates se quedó a vivir con los indígenas locales y, como ellos, se alimentó de las abundantes tortugas por los más de 7 años que permaneció hasta que la malaria lo obligó a regresar a Inglaterra. “La selva y el lago (de Tefé) eran un paraíso para un recolector como él” explica John Hemming en su maravilloso libro “Árbol de ríos” que me provee mucha información y no suelto desde que llegué aquí.

A diferencia de Bates, cuando Márcio Ayres llegó no encontró tortugas, el impacto del hombre y la fiebre del caucho y las maderas habían dejado su huella. Ayres entendió que esta gran biodiversidad estaba en peligro y emprendió una lucha por protegerla. En 1986 logró que 200,000 hectáreas fueran nombradas reserva. En 1990 la reserva se cuadruplicó y en 1996 se fundó la “Reserva de Desarrollo Sustentable de Mamirauá”, la primera de Brasil y un modelo único de gestión ecológica que fue construido de forma participativa con las comunidades de “ribereños”, como se le conoce a los pobladores locales. Este es un modelo único que parte del principio de que las comunidades tienen derecho a la selva que los ha albergado por miles de años, y que de hecho, son ellos la mejor forma de proteger este ecosistema. Los ribereños pueden usar los recursos de la selva de manera sostenible pero también tienen a su cargo la protección de la misma.

Durante los próximos cinco días exploraré esta selva y haré base en un alojamiento que el Instituto Mamirauá y las comunidades locales gestionan para aquellos intrépidos viajeros que han llegado hasta este remoto paraíso. Se trata de un trazo de agua que está rodeado por el Río Amazonas y el Río Japurá y se encuentra en el medio de la várzea más grande y protegida de Brasil. El “Uakari Lodge” -como lo han llamado en honor del famoso mono que cautivó a Ayres- se encuentra a dos horas por lancha rápida de Tefé y como todo aquí, flota sobre una hendidura del río. La estructura flotante es fundamental dado a que la tierra que lo rodea es un espejismo que se convierte en agua cuando llega mayo. “Voy a mi agua” -decía Carlos Pellicer cuando iba a Tabasco, aquí su poesía es aún más certera.

El Uakari Lodge sobre el ríoVista del Uakari Lodge
El Uakari Lodge flota sobre el río: en mayo, la tierra alrededor se vuelve agua. · Foto: Emilio Lezama

Durante el trayecto, la lancha tiene que detenerse tres veces para protegernos de una tormenta que no dura más de 3 minutos. He visto este fenómeno en otros trópicos, pero nunca como aquí. De pronto el cielo quiebra en la distancia y en cuestión de minutos el azul se vuelve gris y el sol ríspido se convierte en una tormenta. Unos segundos después, las nubes se borran y como si nada hubiera pasado el extenuante sol continúa imperturbado.

En el Uakari Lodge nos espera Henrique, un joven simpático e inteligente que ha sido entrenado para ser nuestro guía. A mi Henrique me cae bien enseguida, es hijo de militares pero es izquierdista y estudió letras. Yo no estoy seguro de haberle caído tan bien, mi rebeldía natural lo estresa y no sabe cómo lidiar con el único huésped no-anglosajón.

Henrique tiene una tierna tendencia a sobre-protegernos, nos reitera varias veces el hecho de que bajo ningún motivo podemos meternos al agua que está infestada de cocodrilos, pirañas y serpientes y en todo momento nos recuerda no olvidar usar protector de sol, botas, salvavidas, repelente y toda una parafernalia de cosas que nos protegen de nuestro salvaje entorno. Unos días después, cuando por fin hemos reconocido nuestra mutua latinoamericanidad, me confiesa: “Nunca puedes subestimar la capacidad de los turistas de meterse en problemas aquí en la selva.”

Henrique no es el único que piensa que somos una bola de inútiles. La fe que los locales tienen en nosotros es realmente desalentadora. En los próximos días los guías ribereños me confesarán 1) que no creen que pueda cruzar un tronco que usan como puente, sin caerme al agua. 2) que no creen que pueda subirme a una escalera sin matarme 3) que no creen que soy capaz de aguantar una caminata nocturna bajo la lluvia. Para salvar un poco de dignidad, los pruebo equivocados en todos los incisos.

El Amazonas tiene 10 millones de años y es el sistema de ríos más grande del mundo. Los mexicanos pensamos en el Amazonas como un solo río, los sudamericanos entienden que “la amazonía” es un sistema de ríos y selvas del tamaño de dos Indias. El río principal navega 6,500 km de los Ándes hasta el Atlántico y al desembocar tira suficiente agua como para darle un litro de agua a todos los humanos que habitamos este planeta, cada 28 segundos.

Para el entretenimiento de mi amable lector enlisto aquí otros datos inútiles que pueden usar en alguna cena incómoda o para impresionar al suegro o suegra:

  • Hace millones de años el amazonas fluía AL REVÉS, del Atlántico al Pácifico
  • Alrededor de 30% de la biomasa animal son hormigas
  • La mitad de la lluvia en el Amazonas NUNCA toca el suelo
  • La hormiga bala (amazónica) tiene el piquete MÁS doloroso de todos los insectos. El dolor dura 24 horas y ha sido descrito como “ser disparado por una bala” o “como caminar sobre carbón en llamas con un clavo de tres pulgadas enterrado en el talón.”

Mientras yo investigo esta parafernalia de datos, Henrique aprovecha la primera noche para hablarnos de esta selva y su protección. No habla mucho de las hormigas pero sí del enorme esfuerzo de conservación. Para los locales es muy importante que sepamos el trabajo que ha costado preservar esta zona. Todas las personas que trabajan aquí pertenecen a las comunidades de ribereños y han dedicado su vida a cuidar el ecosistema.

El resultado es impresionante. Todo lo que está a punto de extinguirse en el resto del Amazonas aquí abunda. Todo menos las tortugas. Este pequeño brazo de río en el que flota la que será mi habitación por los próximos días, es una versión mundana del paraíso. No exagero, es difícil describir la abundancia de vida. Es algo que no he presenciado antes. De niño mi papá me contaba las historias de su propia infancia, cuando el Usumacinta era virgen y los peces se podían atrapar con las manos. Su descripción siempre me pareció exagerada, pero ahora la siento conservadora. Todo a mi alrededor hay vida. Vida que además quiere mostrarse, presumir su vitalidad, dejar huella en el tiempo.

Alrededor de mi cuarto cuento 10 caimanes. Son dos especies, la más abundante es el caimán de anteojos, que puede medir hasta dos metros y medio y cuya presencia por alguna razón me da tranquilidad. La otra especia es el caiman negro, el segundo caiman o cocodrilo más grande del mundo, su presencia me quita la tranquilidad ganada anteriormente. Esta bestia mide seis metros y es imponente aunque escasa fuera de este refugio. Es el hombre el que se ha ensañado en matarla, pero como suele ser el caso, la especie es más famosa por sus escasos ataques a algún ser humano.

Un caimán al anochecerCaimán de anteojos nadando
Caimanes de noche y de día alrededor del refugio. · Foto: Emilio Lezama

El otro gigante de este acuario es el pirarucú, un pez prehistórico que llega a medir más de 3 metros y que tiene que salir del agua para respirar aire. El pirarucú es uno de los alimentos más importantes de esta región, y un solo espécimen puede alimentar a una comunidad entera por varios días. Por eso, en muchas partes de la amazonía el pez está prácticamente extinto. Aquí no, hay tantos que cada dos o tres minutos una cabeza gigante sale del agua y unos segundos después sus largas colas rojas pegan contra el agua como si fueran clavadistas lanzándose a una alberca. Este es mi ruido favorito de todos.

En esta breve laguna hay de todo, entre el agua veo plecostomus y varias otras especies de peces coloridos, en el aire hay tucanes, pericos, águilas, y garzas; en las noches los murciélagos-vampiros pasan rozando nuestras caras. Hay por supuesto tarántulas, escorpiones, arañas imponderables y una cantidad de insectos que por más que sacudo los zapatos, cada vez que meto mi pie acabo aplastando a uno. La primera vez me da nauseas, pero ya para el tercer día estoy acostumbrado. Desde mi hamaca observo este edén placido y escucho sus ruidos. Los saraguatos gritan como tigres, los peces saltan cual ballenas, y las luciérnagas encienden sus luces. Aquí todo es salvaje, pero la noche llega como una canción de cuna.

Garza en el AmazonasMurciélago vampiro
Una garza entre la hierba y un murciélago vampiro. · Foto: Emilio Lezama

Esta es la selva como existió antes de la intervención del hombre. Abundante, gruesa, salvaje. Hay plantas medicinales y árboles venenosos, hay también animales, pero verlos es casi imposible. Afortunadamente, nuestros guías son ribereños y son expertos en ver lo invisible. No les miento, si yo caminara esos senderos solo, saldría sin haber visto nada, una conglomeración de verdes superpuestos, árbol, tras árbol, liana tras liana. Pero con ellos, lo que parece un desierto verde acaba siendo un éden. Entre las ramas, una bola de hojas resulta ser un puercoespín y unas flores acaban siendo pericos. Nos encontramos varios perezosos, la primera es una hembra que ha elegido un pésimo árbol para escalar. El árbol es en realidad un tronco muerto y cuando por fín llega a la cima y lo descubre, parece demasiado decepcionada de sí misma como para comenzar su descenso, mejor se aferra al árbol como si éste fuera a florecer por puro acto de fé: una metáfora se cocina entre su aferración a algo que ya está marchito.

La densidad de la selva: “una conglomeración de verdes superpuestos”.
La densidad de la selva: “una conglomeración de verdes superpuestos”. · Foto: Emilio Lezama
Esta es la selva como existió antes de la intervención del hombre. Abundante, gruesa, salvaje.

En las copas de los árboles abundan los monos, aquí en la várzea hay más especies que en cualquier otro lugar del amazonas. Los mono-ardilla son los más presentes, son diminutos y les encanta jugar entre los troncos. Los saraguatos nos ven desde lejos, una vez me atacaron en la frontera de México y Guatemala, desde entonces les guardo respeto. No podría irme sin ver a los famosos Uakari, aunque son los más elusivos. Se columpian muy arriba con sus caras rosadas y sus saltos acrobáticos.

Saraguatos, o monos aulladores, en las copas de la várzea.
Saraguatos, o monos aulladores, en las copas de la várzea. · Foto: Emilio Lezama

La noche del tercer día hacemos una caminata nocturna. Henrique ha decidido quedarse en el refugio, no le gustan las arañas ni las serpientes y sabe muy bien lo que nos espera. La noche parece estática, todo el ruido de la selva acaba condensado en una unidad, como los instrumentos que forman una sinfonía. Ese ruido único se parece extrañamente al silencio. Solo el salto del pirarucú salpica esta calma.

La oscuridad es imperfecta, hay luna llena sobre el río y una costra de estrellas embarrada como mermelada allá arriba. El aire sabe a tierra mojada. Lo primero que nos recibe en la oscuridad es una serpiente. Una boa de varios metros de largo cuelga de un árbol muy sacada de pena. Nos ve, pero no se inmuta, sabe que tenemos más miedo. A los pocos pasos encontramos otra serpiente, esta es venenosa y nuestros guías no quieren quedarse mucho tiempo a reparar en su belleza. A mi las serpientes me generan fascinación. No puedo negar que mi instinto natural es el del terror, pero una vez que supero ese primer mareo, me entra una curiosidad insaciable por entender a estos bichos.

De pronto entre la maleza escuchamos un ruido. Es como un trueno en la distancia. Los guías se congelan, durante días he bromeado con ellos “menos árboles medicinales y más jaguares.” les digo cada vez que me hablan de los maravillosos remedios que se hacen con la resina de un árbol. Esta vez están quietos pero me voltean a ver. “¡Tu onça!” -me dice uno, usando el nombre local del jaguar. Volvemos a escuchar el ruido pero no vemos nada, ahora los guías nos arrean a una velocidad que nos les hemos visto antes; están en modo persecución.

Durante los próximos minutos andamos de un lado a otro aventando nuestras linternas sobre el lienzo churrigueresco de la selva. Hay una emoción palpable y luego, si excavamos tantito, miedo, mucho miedo. ¿Qué sientes cuando el jaguar está ahí afuera? Algún instinto primitivo parecido al terror se instiga inconscientemente. El jaguar se siente pero no se ve. Hay algo tácito de su presencia. El jaguar se hace presente sin permitirte presenciar nada. Él si nos ve, de eso estamos seguros. Andamos así un rato, siguiendo una pista sonora que cada vez parece más remota. “¡Se fue!” -nos dice el guía con tristeza. “Que tan jaguar es el sol, que pasa silencioso.” -otra vez Pellicer. Estamos ya de regreso en nuestra lancha cuando escuchamos otro sonido y lanzamos nuestras luces a uno de los árboles, no es un jaguar pero es un margay, un pequeño felino que viste disfraz del rey de esta selva.

Ya de regreso en el cuarto, la soledad empieza a pegar. Algo en la caminata de hoy ha enfatizado el aislamiento. Llevo varias semanas viajando solo, y aquí tan lejos de todo, mi mente divaga y empieza a angustiarse. ¿Qué hago aquí? ¿Por qué estoy solo? El hombre postmoderno se acerca a la naturaleza en busca de sentido, como una más de la lista de actividades por cumplir para poder sentirse “pleno”, pero la verdadera naturaleza no otorga sentido ni comfort, simplemente existe ahí ignorándote, al margen de tus necesidades. Si acaso, la naturaleza profundiza tus vulnerabilidades; por más que hagas yoga, senderismo y vivas en la playa, no eres parte de ella. Ya no. Ese parece ser el eterno recordatorio. Es lindo estar aquí entre las ramas, la vida cotidiana parece casi imposible, como un sueño remoto. Es lindo estar aquí, pero acaba haciéndote sentir muy solo.

Abro las ventanas para dejar que entre una briza casi imperceptible. Hace calor, aquí siempre hace calor. La habitación se mece con esa misma imperceptibilidad, pero la noche de hoy es generosa. La luna me recuerda a la luz que mi mamá me dejaba prendida en las noches de mi infancia, era una luz en forma de tren y me ayudaba a combatir el miedo. Es que la noche da miedo y luego cuando superas el miedo, genera melancolía y ansiedad. Pero la noche de hoy me mece y me alumbra como en mi infancia, hoy los monos aúllan con más nostalgia que furia y el agua hace gulp-gulp para que me duerma y al final de todo vence el cansancio y el sueño.

Quiero tomarme un momento para hablar de los delfines. El lector atento lo leyó hace rato y sintió una cierta confusión. Quizás lo haya googleado, quizás simplemente siguió adelante. No lo culpo, pocos saben que en el Río Amazonas hay delfines. Me voy un paso atrás, pocos imaginan que hay ríos con delfines. Aquí en el Amazonas no solo hay delfines sino que hay dos especies, una grande y rosada que es conocida como boto, y otra pequeña y juguetona que se llama tucuxi. El delfín rosado anda por el río solo pero siempre en la cercana compañía de otros, el tucuxi nada en pequeñas manadas que brincan sobre el agua. Durante muchos años, las poblaciones de delfines fueron afectadas por la caza, la destrucción del hábitat y la contaminación del río, pero hoy en la várzea de Mamirauá los delfines abundan.

El cuarto día, los guías del Uakari Lodge nos llevan a una laguna donde nos dicen que los delfines suelen ir a alimentarse. Al principio no vemos nada y el sol nos agobia, pero cuando los motores se apagan escuchamos un soplo y vemos emerger una aleta rosada. Pronto el soplo solitario se convierte en muchos, y nos damos cuenta que estamos rodeados de delfines rosados. Ver sus caras es difícil, los botos solo asoman su espiráculo sobre el agua y nunca brincan fuera de ella. Lo que sí vemos son decenas de ellos, que juegan con la lancha y nos avientan burbujas desde abajo del agua. Cerca de nosotros hay una mamá y su cría, a lo lejos hay uno gigante. “Pueden medir hasta dos metros y medio” -me dice el guía. De pronto, a lo lejos escuchamos un golpe en el agua y vemos como cuatro delfines toman turnos para saltar. Estos son los tucuxi, que no se acercan mucho pero se dejan ver más, son juguetones y escandalosos. Cuando le cuento un amigo me dirá que esto no existe, que lo que escribo es pura fantasía y delirio, pero lo cierto es que la tarde cae sobre la selva y nosotros estamos rodeados de delfines, de delfines rosas y delfines grises, de grandes delfines burbujeantes y pequeños delfines saltarines. Esto es el Amazonas.

Delfines tucuxi: pequeños, juguetones y escandalosos.
Delfines tucuxi: pequeños, juguetones y escandalosos. · Foto: Emilio Lezama

Al día siguiente visito una comunidad donde los locales me enseñan sus casas flotantes y sus pueblos alzados sobre vigas que los protegen del agua. Al llegar, da la sensación de que aquí viven gigantes, todo está construido con dos metros de sobra: el pueblo espera el diluvio. Observo una cabina de teléfonos un metro por encima de mi cabeza, me pregunto cómo harán para hacer una llamada en época de seca. Los locales no son muy altos y me los imagino montados en grandes escaleras mientras hablan con sus novios y novias. Un picoteo en la espalda me devuelve a la realidad, mi guía quiere enseñarme el nuevo bar del pueblo.

Una casa ribereña, construida para esperar la crecida.
Una casa ribereña, construida para esperar la crecida. · Foto: Emilio Lezama

Al final del paseo, Manoel, un líder comunitario nos presume la foto de su hijo que cuelga en la escuela local. “Es el mejor estudiante” , alardea. Hay algo raro en esta foto y cuando me acercó me doy cuenta qué es, el hijo de Manoel está enseñándole el dedo de en medio a la cámara. “Manoel, creo que tu hijo nos está mentando la madre” -le informo. Manoel se pone nervioso, se acerca a la foto con cierta sorpresa y tras una inspección cautelosa en la que noto un ligero bochorno me dice, “no, no, es un símbolo de alegría.” Ahora reto a Manoel a que nos haga ese símbolo de alegría a nosotros, se ríe nerviosamente pero no se atreve a hacerlo. Al final, le hago el símbolo de alegría y los dos soltamos una carcajada. Manoel y yo nos hemos vuelto amigos.

Familia ribereña en canoasNiño ribereño
La vida en una comunidad ribereña de Mamirauá. · Foto: Emilio Lezama

En la tarde, los trabajadores nos llevan a pescar pirañas para la cena. Nos unimos, por supuesto, esperando con ansiedad enfrentarnos a uno de estos míticos peces asesinos. Resulta que el río está infestado de ellos. He pescado muchas veces en mi vida y ninguna ha sido tan fácil como ésta. No pasan más de 30 segundos desde que aviento la caña hasta que un grupo de pirañas atacan mi carnada. Si te descuidas, levantas un par de ellas de golpe. Un compañero echa la caña para atrás para agarrar vuelo en su lance. No hay necesidad, en el movimiento la carnada ha tocado el agua y una piraña se ha insertado en el anzuelo. Nuestro amigo incauto proyecta su cordel hacia delante con todo y piraña atorada.

La parte complicada no es pescar pirañas, sino des-pescarlas; sacar anzuelos de entre esos dientes feroces es algo que ningún dentista recomendaría. Ni siquiera los locales han dominado este arte, y uno de nuestros guías se corta la mano en el intento. Si en lugar de tantas advertencias sobre no meternos al río, Henrique nos hubiera traído a pescar pirañas de inicio, se hubiera ahorrado varios sermones.

A la hora de la cena la novedad es nuestra pesca frita. No sé cómo le sepamos nosotros a las pirañas, pero sí puedo decir que las pirañas no saben tan bien. Nunca he entendido el gusto por la mojarra, y esto sabe igual. El resto del menú sigue consistentemente igual al de la semana. Todos los días hay pirarucù, arroz, frijoles, farofa, plátanos y una salsa de chile deliciosa. No me puedo quejar, la comida es rica, pero después de una semana de comerlo a diario, ya estoy un poco harto del pirarucú. El día que dejo el Uakari Lodge me dispongo a no tener nada que ver con ese pez por un buen tiempo, Manoel tiene otros planes. Me está esperando en su canoa. Ahora que ya no estoy bajo la protección de Henrique quiere que lo acompañe a pescar a una de estas bestias. Me resulta imposible resistirme.

Todo sobre la pesca del pirarucú me parece terriblemente insensato. Manoel anda en una canoa más pequeña y mucho más frágil que el pez que queremos atrapar. Esto me parece una terrible desventaja. Por otra parte no veo cañas ni redes y por un breve momento pienso que he sido engañado y que lo que me espera es un largo secuestro en el Amazonas. Cuando Manoel ve mi preocupación, se agacha y me presume una lanza de dos metros. No es broma, el pirarucú se pesca así, a tiro de lanza.

El pirarucú es un pez tan grande y poderoso que sería imposible de atrapar si no fuera por una gran debilidad: tiene que salir a la superficie para respirar. Los pescadores aguardan silenciosamente en sus canoas y cuando escuchan a la bestia surgir, reman con frenesí y avienta su lanza hacia el pez. La mayor parte del tiempo fallan, por eso pescan en grupo. Hoy, toda la Aldea Vila Alencar está aquí en el río, saben que si atrapan un pez, todos podrán comer por una semana.

Pescadores en sus canoas, esperando que el pirarucú salga a respirar.
Pescadores en sus canoas, esperando que el pirarucú salga a respirar. · Foto: Emilio Lezama

El problema de acertar es que el pirarucú es perfectamente capaz de tirar las endebles balsas de madera que usan los pescadores. Eso mismo nos sucede, cuando Manoel escucha un aleteo y se lanza hacia el pez, logra darle, pero el pez nos golpea la balsa y esta se voltea a babor como un Titanic bonsai. De una forma milagrosa evitamos caernos, pero la canoa está inundada y yo me he dado un tremendo golpe en la espinilla. La adrenalina me hace reír, pero más tarde pasaré horas sobándome. Al menos he salvado mi cámara de la catástrofe.

Debo confesar que me invade una enorme tristeza al ver a esta bestia sucumbir ante los pescadores, pero sé que ese es el espíritu de esta reserva extractiva. La selva aquí no es un museo sino una entidad viva con seres humanos que la ocupan y la trabajan, pero que también la cuidan. La presencia del pirarucú en esta zona sería inexplicable sin la presencia de estos mismos pescadores que hoy lo han matado. Manoel me invita a cenar nuestra pesca con ellos, pero me niego amablemente, tengo que continuar mi camino hacia Colombia; ya he demorado mucho tiempo en esta zona y comido demasiado pirarucú.

Manoel y el pirarucú.
Manoel y el pirarucú. · Foto: Emilio Lezama

Para continuar mi viaje hacia el noroeste tomaré una lancha rápida: La “Gloria de Deus II”, un nombre imponente y creativo para diferenciarla del Gloria de Deus I y el III. Esta lancha es el equivalente a un camión acuático que atraviesa el Amazonas a diario. Los locales me informan que estará aquí a las 7pm y que debo ser puntual. Llego temprano, al lado del muelle unos niños juegan fútbol sobre la playa del río. En todo Brasil esa escena se repite como calcada; arena, un balón y niños jugando. Los observo en la distancia en lo que “Gloria” llega, y cuando por fin arriba, un señor toma mi maleta con prisa, la avienta a un agujero debajo del bote y me pide subir. Aquí no hay glamour pero sí mucha eficiencia. En estas comunidades no hay carreteras ni aeropuertos y estas lanchas son la única forma de transportar bienes y personas.

Fútbol en la playa del río, mientras llega la lancha.
Fútbol en la playa del río, mientras llega la lancha. · Foto: Emilio Lezama

Soy el único turista a bordo y como tal, los lancheros me ofrecen el mejor asiento junto al único otro foráneo, resulta ser el obispo del Amazonas. El obispo ignora mis provocaciones ateas y me platica sobre nuestra lancha, la cual conoce muy bien. “Son 28 horas de aquí a la frontera, si nos va bien. Atrás hay chocolate caliente y en la madrugada nos dan de comer.” - me explica con pausada elocuencia. “No esperes gran cosa.” -sentencia. El viaje es largo así que me pongo cómodo. La noche va cayendo contra el Amazonas y el arrebol se esparce sobre el horizonte como si fuera chicozapote. Estoy cansado y un poco ansioso así que me tomo una pastilla y me dispongo a dormir. El sonido del agua me arrulla y la presencia del obispo me reconforta muy a pesar de mi ateísmo.

La noche cae sobre el Amazonas.
La noche cae sobre el Amazonas. · Foto: Emilio Lezama

En la mañana me despierta el sol y el alboroto. Hemos llegado a un nuevo puerto y la gente sube y baja con premura. Apenas me ven despierto, uno de los lancheros se me acerca a darme una bandeja con mi desayuno. Faltan 12 horas de viaje y he decidido explorar un poco está lancha, no es muy grande, pero aún así tiene espacio para un par de baños, una señora en un banco que funge como Oxxo, y en la parte de atrás, un espacio abierto para sentarse tomar una cerveza y ver el paisaje. Decido sentarme ahí un rato. El río es ancho y está siempre bordeado por árboles y maleza. Al principio todo parece igual, una continuación eterna de lo mismo, pero conforme pasan mis días aquí me doy cuenta de la sutilezas, de ciertos árboles que aparecen y desaparecen según la región. Hay diferencias para quien está dispuesto a verlas.

La lancha anda siempre en el centro del río y como el Amazonas es muy ancho y chocolatoso, es difícil ver más allá de los árboles. El agua carga muchos troncos que han caído en las tormentas y cada cierto tiempo la lancha golpea contra uno generando un brinco y un ruido hueco. Además de eso hay muy poco. Lo digo con cierta ironía porque allá afuera lo hay todo, pero ese todo está camuflajeado. A la distancia un delfín brinca y me recuerda que este mundo está lleno de vida.

La gente imagina que en el Amazonas no vive nadie. Esto es parcialmente cierto. La densidad poblacional es una de las más bajas del mundo, pero desde que los humanos se asentaron en esta parte del continente, han habido poblaciones a lo largo del río. Los primeros exploradores europeos describieron un río altamente poblado, con asentamientos pequeños pero constantes a la orilla del agua. “Entre más nos adentramos, más altamente poblada y mejor encontramos la tierra.” describió el fraile español Gaspar de Carvajal en su expedición de 1542. De hecho, es posible que el Amazonas que vio Gaspar estuviera más poblado que el que yo veo ahora. Después de varios siglos de una explotación brutal, mucha de la población fue demacrada. La conquista del Amazonas fue terrible, ‘pocas veces en la historia de la humanidad hemos visto a tan pocos hacer tanto daño.’ -escribió Winston Churchill.

Mientras observo el follaje, pienso en los exploradores que han venido aquí en busca de tesoros, de conocimiento, de aventura. Los primeros querían encontrar las mágicas tierras de “El Dorado” y “La Canela”, una tierra mítica llena de árboles de canela, que en ese tiempo era una especie muy valorada para disfrazar el sabor de la carne podrida. Muchos de ellos se perdieron en el bosque, murieron de enfermedad, hambre o una flecha de las miles de tribus de esta selva. En el siglo XVIII estuvieron aquí Alexander Von Humboldt, Bates, y otros grandes exploradores que describieron la selva y sus tribus. A los bélicos Yanomami, contra los que el gobierno de Bolsonaro emprendió una especie de genocidio, los inocentes y bondadosos Apaiká y las tribus canibales de los Parintintín. En el siglo XX, Claude Lévi-Strauss estudiaría estas tribus para escribir su famoso “Tristes Trópicos”

Para el hombre occidental está es una tierra de fracasos y revelaciones. Henry Ford intentó crear una ciudad industrial en las orillas del río Tapajos para asegurar el caucho para sus carros. Fordlandia fue un fracaso y fue abandonada en 1934. En 1912 el ex-presidente estadounidense Theodore Roosevelt perdió en su intento de volver a la presidencia por un tercer periodo. Para digerir la derrota, planeó un viaje de conferencias a Argentina, pero el gobierno de Brasil le sugirió algo más aventurero: unirse a una expedición amazónica para explorar un área de la selva desconocida. Roosevelt necesitaba un reto que le ayudara a olvidar su fracaso, así que aceptó y el viaje acabó costándole la vida. La expedición sufrió de malaria, hambre, y el asedio constante de la tribu “Cinta Larga”. Al final de la expedición de 19 que salieron solo regresaron 16. Roosevelt fue uno de ellos, llegó convaleciente a Nueva York donde murió 5 años después por complicaciones de su travesía en el Amazonas.

Hay a quienes el Amazonas los volvió locos. El naturalista inglés Charles Waterton hizo una expedición a esta región en 1804, sus aportaciones a la ciencia son vastas pero fue su excentricidad la que lo volvió famoso. Según testigos, nuestro querido Waterton “se sentaba en árboles vestido de espantapájaros; le gustaba hacerle cosquillas a sus invitados; pretendía ser un perro y mordía a la gente que llegaba a cenar, etc.. etc…. Aún así, el ambientalismo le debe mucho a este extraño inglés, el amazonas lo enamoró de la naturaleza y pasó el resto de su vida protegiéndola. Waterton creó la primera reserva ecológica del mundo, y en 1839 emprendió la primera demanda legal por contaminación ambiental de la historia, y la ganó. No por nada Charles Darwin lo consideraba una de sus influencias.

Aquí en el río hay mucho tiempo para pensar y eso no siempre es bueno. Llevo dos meses fuera de mi casa y dos semanas en la amazonía, siempre había soñado en atravesar el Amazonas, pero a estas alturas estoy agotado. El lector no tiene porque saberlo pero mi cuerpo es un mosaico de piquetes de todo tipo de moscos y bichos, los hay en los lugares más insospechados de mi piel. Podrá parecer banal pero extraño las cosas más fútiles, el shampoo, la televisión, las hamburguesas. Yo no he sufrido de hambre ni he tenido encuentros con tribus violentas, pero el Amazonas sigue siendo un territorio salvaje. Los monstruos no solo habitan afuera, esta mareante espesura te los mete adentro. Allá afuera hay jaguares y pumas, hay tarántulas y cocodrilos, hay alrededor de 80 tribus que no tienen ningún contacto con nuestro mundo y que si lo tuvieran podrían morir inmediatamente por no tener los anticuerpos para nuestras enfermedades. Allá afuera el mundo es salvaje pero la mente lo es más. Quieras o no, la selva acaba por pesar dentro de ti.

Allá afuera el mundo es salvaje pero la mente lo es más.

También pienso en la fragilidad de todo esto. En cómo el Amazonas pierde el equivalente a 3,000 canchas de fútbol cada día y a pesar de eso la campaña de Bolsonaro para explotar el Amazonas causó que la deforestación se acelerara en un 92%. Es desconsolador ver cómo el mundo se acaba y a muy pocos les importa. De niño me daba rabia ir por las carreteras de México y ver cómo talaban todo para poner restaurantes, puestos de comida y supermercados. Esto es peor. El Amazonas que yo viví es una excepción. El pirarucú abundó en mi viaje pero está casi extinto en la mayor parte del río; el bagre dorado ya no puede hacer su migración hasta los Andes a causa de las presas, el mercurio y las mineras que se han construido en el río. Lo salvaje se domestica, la selva se vuelve un jardín y muy pronto chapopote.

El Amazonas tiene más de 400 especies de mamíferos, pero por mucho la más abundante es la vaca. De 1960 a ahora la cantidad de cabezas de ganado se incrementó de 5 millones a más de 90 millones y el 80% de la deforestación de esta selva se da para obtener tierra para ellas. La deforestación por ganadería genera el 3.4% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. La situación es grave, más del 17% de la selva ya está perdida y algunos científicos creen que si ese número llega al 20% ya no hay vuelta atrás. Según un reportaje de la revista Time, “descubrimos que la batalla por el Amazonas está casi perdida.” Ante esta realidad los esfuerzos de la reserva de Mamirauá son aún más loables y admirables.

Una parvada levanta el vuelo sobre el río.
Una parvada levanta el vuelo sobre el río. · Foto: Emilio Lezama

Por lo pronto el viaje en lancha parece interminable. Pienso en el Amazonas y pienso en mi vida, pienso en la soledad y pienso en lo afortunado que soy, pienso tanto que cuando llego por fin a la triple frontera, entro a Colombia como Juan-por-su-casa. Como no hay frontera, ni hay aduana, ni hay nada, me voy a dormir en Colombia agotado y con muchas cosas en mi cabeza y acabo teniendo un ataque de pánico a media noche. El pobre recepcionista de mi hotel nunca ha visto una cosa semejante y después de consultarlo con todos sus gerentes decide llamar a una ambulancia, que como dije, no le da mayor importancia al asunto y me deja ahí a pudrir con la mañana.

Leticia, en la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú.
Leticia, en la triple frontera entre Colombia, Brasil y Perú. · Foto: Emilio Lezama

Me urge regresarme a casa. En la mañana tomo un avión para ir a Bogotá y de ahí a México. Consciente de que no he sellado mi pasaporte, me acerco a la oficina de migración de Colombia y les explico que he entrado por río y deseo regularizar mi instancia. La señorita se indigna, me llama un ilegal y me dice que se tiene que empezar un proceso en mi contra y “a ver cómo salgo del país”.

Estoy varado en Colombia. No puedo salir aunque técnicamente no estoy adentro, tampoco puedo entrar aunque oficialmente estoy afuera. He contactado a la Embajada de México para solicitar ayuda y la embajadora se ha volcado en mi causa. El problema está del otro lado, las autoridades colombianas son amables, pero innecesariamente protocolarias. Esto es cierto en todos los ámbitos, aquí los protocolos se siguen al pie de la letra tanto en el restaurante como en la farmacia; aunque sean absurdos.

Estoy seguro que Migración Colombia tiene problemas más grandes que atender, pero a pesar de la ayuda de la embajada de México se obstinan en iniciar una investigación sobre cómo entré al país y mantenerme en ascuas hasta resolverlo. El primer día en Bogotá me llenan de un engañoso entusiasmo, varias autoridades colombianas me han hablado para expresarme su solidaridad y su compromiso a ayudar a mi causa. Los siguientes días las llamadas abundan pero las soluciones escasean. Para el quinto día, mi esperanza está menguante y es tanta mi desesperación que incluso empiezo a pensar en devolverme al Amazonas e intentar salir por otro lado.

Amo Colombia pero quiero ir a mi casa. Mi computadora no ha sobrevivido el viaje Amazónico. Una noche que quise usarla en medio de la selva, observó sus alrededores y decidió suicidarse. La pantalla poco a poco fue volviéndose morada hasta que de pronto se apagó para siempre. Hace unos años atendí a una conferencia en la que Tim Cook, el CEO de Apple, hablaba de cómo su empresa había hecho una transformación social para los más necesitados. Nunca he sentido tantas ganas de vomitar. Todo en Apple está hecho pensando en la ganancia y arreglar mi computadora cuesta más que comprar una nueva. Así que escribo esto al más estilo noventero, desde un oscuro café internet, donde cada 10 minutos doy “refrescar” a mi correo electrónico en espera del beneplácito de las autoridades de este país.

Afortunadamente en Colombia tengo amigos y uno de ellos, Samu, me ofrece un colchón en el piso y una dotación de pizzas y hamburguesas. No sé cuánto tiempo voy a permanecer y la idea de buscar trabajo y sentar cabeza en Bogotá cruza mi mente. Es entonces cuando mi amigo me habla de su conocido que pasó 8 meses acá. ¿Será hora de buscar departamento? Hay indicios de que sí. Alertados sobre mi situación, la facultad de comunicación de la Universidad de la Sábana de Bogotá ha aprovechado para invitarme a dar una conferencia. “Ya que estás por acá”; después de impartirla me paseó por los barrios de Usaquén y Chicó preguntándome cuál será mejor en caso de no poder salir. En cualquier otra circunstancia sería feliz acá, con esta gente alegre y maravillosa, con aguardiente y Andrés Carne de Res, pero estoy cansado y me cuesta trabajo apreciar mi entorno.

En mi séptimo día varado una de las autoridades colombianas me revela sin querer una pista que podría explicar la demora. “Necesitamos que la embajada mexicana nos ayude con 4 colombianos allá.” -me confiesa sin darse cuenta de las implicaciones de lo que acaba de decir. Esa tarde, en el café-internet me pongo a buscar noticias y me entero que el gobierno mexicano está deportando colombianos a mansalva. ¿Me habré vuelto una moneda de cambio o simplemente seré una víctima del debido proceso y la infinita burocracia latinoamericana?

Al noveno día mi paciencia se ha colmado, voy a intentar salir sea como sea. La embajadora de México muy generosamente secunda mi posición y eso me tranquiliza. La embajada me escribe una carta dirigida a Migración Colombia en la que explica mi situación y pide por favor que me dejen salir. Todo es muy protocolario pero bien hecho y me enorgullezco del cuerpo consular mexicano. A las pocas horas, me habla el cónsul de Colombia, un jóven amable y entusiasta que por fín me da certeza. “Llega al aeropuerto varias horas antes y presentate en Migración, ya están enterados y te guiarán en el proceso de tu salida.” El proceso de mi salida incluye firmar una carta en la que acepto que se abre un proceso de investigación en mi contra para determinar las razones de mi entrada ilegal; una serie infinita de fotocopias y firmas; y por fín, a la directora del aeropuerto El Dorado escoltando personalmente hasta pasar seguridad.

Todo mundo sabe que las aerolíneas, como las embajadas, son consideradas parte del territorio del país al que pertenecen, pero pocos han abordado un Boeing 737 de Aeroméxico y sentido la patria ahí adentro. Yo sí. A pesar de su atención “mecanizada” como la describe adecuadamente SkyTrax, yo aquí entreveo la esencia de la cultura mexicana en su plenitud. Este vuelo de Aeroméxico sabe a taco al pastor y mole poblano, entre los asientos apenas reclinables viene inscrita la esencia de la revolución mexicana, el laicismo de Juárez y la expropiación petrolera de Cárdenas. En los 30 cm entre cada asiento está implícito el “ya merito”, el “sí se puede” y finalmente, el “no se pudo”. La patria entera cabe aquí, en este bendito avión y yo por fin me voy a casa.

Ahora me permito abrir el mapa y trazar mi viaje, de Manaus hasta Leticia, Colombia: 1628 kilómetros de agua. Eso es mucha agua y harto río. Pienso en los verdes y todas sus tonalidades, en los ríos y el zambullir de sus peces, en el jaguar que casi veo, en las lanchas, las hamacas, las frutas e irremediablemente todo me parece imposible. Desde este aquí es muy difícil creer en ese allá. En un Boeing 737, su “pollo o pasta” y “coca con dos hielos” el Amazonas entero me parece inverosímil, como si fuera un sueño o quizás una hermosa pesadilla. A lo mejor fue un poco de las dos. Agradezco el viaje, pero también el retorno. Aunque mi pasadía por la selva me parezca irreal, mi computadora rota me confirma que estuve ahí y por eso desde un café internet donde en lugar de “parce” se refieren a mi como “guey”, escribo estas últimas palabras.

Texto y fotografías: Emilio Lezama. Publicado originalmente en GQ México. GQ

← Volver a Escritura