EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

Trump: ¡No voy a capitular!

-Todo tiene una hendidura, es así como entra la luz. Leonard Cohen

En un artículo del New York Times, el escritor Teju Cole usa la metáfora del Rinoceronte de Ionesco para referirse al momento político actual. En su teatro del absurdo, Ionesco plantea un mundo distópico en el cual la rareza se constituye muy rápido como normalidad. Los habitantes de un pueblo se convierten poco a poco en rinocerontes y ante ello se preocupan más por discutir las nimiedades de la epidemia que por combatirla. Al final, solo quedan en resistencia Bérenger y Daisy, dos personajes normales, humanos y sumamente vulnerables.

Ionesco usa la metáfora del rinoceronte para denunciar el avance del totalitarismo y su intolerancia; pero a diferencia de otros escritores no gasta tiempo racionalizando la tragedia: el absurdo y el mal existen en sí mismos; analizarlo o deconstruirlo es fútil si el resultado es su normalización. Tras el triunfo de Donald Trump, los medios de comunicación y la comunidad política internacional se convierten poco a poco en rinocerontes; su idea de enfrentar al tirano es mimetizarse con él; decir que es normal, que era predecible, que no es tan grave y que todo va a estar bien. A veces los cónclaves del falso optimismo solo sirven para construir un pesimismo posterior pero mayor.

Trump es el presidente electo de los Estados Unidos; es un hecho irrebatible, pero no por ello normal, deseable o si quiera infranqueable. No se trata de caer ante las alarmas del terror, sino de evitar dejarse llevar por la suave comodidad de convertir este suceso en una condición aceptada de la realidad. Que el presidente electo del país más poderoso del mundo discriminé a los migrantes, a las mujeres, a los que están en desacuerdo; que el presidente de uno de los países que más contamina en el mundo sea inconsciente sobre el medio ambiente que le da la vida; que el presidente del país que se jacta de sus libertades y de su sistema democrático tenga como pilar de gobierno la construcción de un muro; debe ser denunciado, repudiado y combatido.

El reto para México es enorme, pero no hay que equivocarse nuevamente de trinchera: estamos ante un reto interno no uno externo. Que Trump haya usado a México de chivo expiatorio sólo fue posible porque México ha propiciado condiciones que así lo permiten: pobreza, corrupción y desigualdad entre muchas otras. El peligro es que si el 2018 pintaba -¡por fin!- para ser la elección sobre la corrupción; ahora se convertirá en la elección anti-Trump. Los políticos mexicanos reaccionarán a esto como siempre lo hacen, con oportunismo y frivolidad; buscarán aprovechar la coyuntura para ver quién es más capaz de canalizar el anti-Trumpismo y catapultarse políticamente. Trump les ha dado la oportunidad perfecta para volver a ignorar los grandes problemas del país. Para México, el triunfo de Trump supone una posibilidad de reencontrarse consigo mismo pero -experto en desperdiciar oportunidades- seguramente será también la oportunidad de evitarse a sí mismo.

Por eso es imprescindible no caer ante la tentación de ponerse la máscara de rinoceronte o dejarse acarrear por un elefante salvador que le haga frente. Lo que está en juego es nuestra humanidad y la única forma de recuperarla es indagando en ella. La incertidumbre siempre deja posibilidad a lo improbable, y en un país como México donde las cosas nunca cambian, eso puede ser algo positivo, si logramos canalizarlo de manera adecuada. Ni rinoceronte, ni elefante: la resistencia tiene forma humana.

Es muy fácil caer en la tentación del catastrofismo; en la cómoda autocompasión. Los momentos de oscuridad son tan recurrentes que se podría decir que la luminosidad es una excepción. Esto es solo cierto para los que abrazan las tinieblas y se dejan llevar por una concurrencia plácida con lo atroz. Aún en la más devota noche, han brillado las trincheras y hogueras de los que se rehúsan a caer en la conformidad del oprobio. Dante Alighieri colocaba a los neutrales en el vestíbulo del infierno; su inacción no los volvía merecedores si quiera del lugar más sombrío. Cuando el universo era pequeño y un Dios iracundo llamaba a las tinieblas, otro italiano, Giordano Bruno gritó desde su hoguera que un mundo así no era normal.

En ese sentido, la última escena de la obra de Ionesco es muy reveladora. Daisy rompe con Bérenger y se convierte en rinoceronte. Abatido, Bérenger cae en una espiral de culpa y oscuridad. Pronto se resigna y decide también sucumbir, pero no cuenta con su propia fragilidad humana: falla en su derrota. Por un momento el mundo cae en una apacible oscuridad. La fallida rendición de Bérenger implica que incluso los que no son rinocerontes han aceptado la normalidad de un mundo que mayoritariamente lo es. Pero en la oscuridad más remota siempre hay un resquicio de luz: Bérenger enfrenta su rostro humano en el espejo y con ello renace uno de los sentimientos que lo caracterizan: la resistencia. ¡No voy a capitular! Grita al final de la obra.

En estos tiempos difíciles algunos buscan construir una narrativa de la cotidianidad. Trump es presidente; ‘lo mejor que podamos hacer es asumirlo’ -dicen. Pero reconocer la realidad no significa dejar de luchar por cambiarla. ¡No voy a capitular! Ese es el único grito que es capaz de salvarnos. Salvarnos incluso de nosotros mismos.