EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

Perdidos en el centro

Vivimos en un estado de desubicación perpetua. Como es imposible conocer la ciudad, hemos decidido arropar el concepto contrario: el desconocimiento absoluto. Nos hemos rendido ante la anarquía del espacio. La ciudad está hecha para perderse y no hay nada que podamos hacer al respecto. En la mayoría de las urbes del mundo, los letreros de vialidad ayudan al viajero a encontrar su camino. En México, seguir los letreros es la mejor forma de perderse. La tecnología ha buscado solucionar este problema. Pero aquí el GPS es el equivalente al canto de las sirenas para Ulises, una agradable tentación cuyo único destino es la locura.

Seguir al GPS en México es un contrasentido: En el laberinto de la ciudad, el GPS acaba siguiéndote a ti. “Retrasando la ruta” repite como mantra una voz que disfraza su incompetencia con un acento madrileño: ‘No es mi culpa”- -parece decir el aparato, “es que no soy de aquí”. Para los que creían que el espacio exterior era la última frontera de la tecnología, se alza un nuevo desafío: la ciudad de México. Acostumbrados a la infraestructura haussmaniana del primermundismo, el GPS y el Waze no distinguen entre el periférico y la lateral. En pleno trayecto por carriles centrales te avisa que en doscientos metros debes tomar a la derecha; la siguiente salida a la lateral ocurre dos kilómetros después. Hace unas semanas, mi waze me sugirió una ruta alterna que prometía grandes dividendos; evité el tráfico pero el mercado no.

Mi amiga Berta no viene mucho a México, pero cuando lo hace procura siempre hospedarse en los lugares más heterodoxos. Como buena francesa, no viene a México a conocer la playa sino a vivir el surrealismo. En su última visita me pidió que pasara por ella; como desconfío de mis instintos, decidí seguir la línea azul del GPS. Todo iba bien hasta que llegué a su calle. La calle acababa en el número 20 y Berta -por supuesto- habitaba el 22. Mi GPS era más optimista, un puntito rojo en el mapa parecía pedirme me rebelara contra las leyes más básicas de la materia; para todo fin práctico, entre el puntito azul (aparentemente yo) y el puntito rojo (Berta) medraba una pared volcánica de al menos diez metros de altura. Un taxista me sacó de la duda: “la calle sigue allá arriba, pero por aquí no se puede pasar”.

El tema es tan trágico que incluso aquellos cuyo trabajo es conocer la ciudad, la ignoran. -¿Seguimos al GPS o tiene una ruta de su preferencia? -la frase quedará inmortalizada junto a “¿gusta una botellita de agua?” como la nomenclatura de una generación que solucionó el problema de la movilidad contratando a neófitos de la urbanidad: Uber. Los choferes de Uber te ofrecen agua y luego te preguntan dónde está el Zócalo. Desconocen las calles de la ciudad con un esmerado esfuerzo. Si fuéramos ballenas encalladas, el servicio de Uber sería heroico, su vocación hidratante es intachable; como somos seres humanos en busca de una calle, su servicio es más bien deficiente.

En realidad los choferes del Uber no tienen la culpa: fuera del gremio taxista nadie en México tiene idea dónde están las cosas. Hace unas semanas mi celular fue víctima de un suicidio prematuro: la batería se agotó minutos antes de llegar a mi destino. En la esquina, un policía de tránsito hacía espavientos dignos de un mimo; el tráfico era tan inexistente como la necesidad de su pantomima. Aún así, me atreví a interrumpirlo para preguntarle por la calle de Tonalá. Mi indagatoria lo sacó de balance; se quedó pensando cinco minutos y me resolvió pidiéndome que preguntara en la farmacia. A nadie extrañará saber que el cruce que tanto agotaba a nuestro oficial era el de Tonalá.

¿Para qué ubicarse en una ciudad imposible? Los bogotanos se guían por las montañas, en México el smog ha vuelto eso imposible. En una ciudad en la que los nombres de las calles se repiten infinitamente y los números no siguen ningun sistema, la mejor manera de ubicarse sigue siendo el árbol doblado de la esquina. Como valoramos el ingenio y la improvisación, el arcaismo de una dirección genera desconfianza. Además, La ciudad tiene una extraña forma de reivindicarse. Cuando todo esta perdido, aparece por fín el mentado árbol. La única forma de encontrarse en el DF es perdiendose.