EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

Leonard Cohen: El seductor de las tinieblas

La adolescencia comienza con el descubrimiento de Suzanne. De eso no tengo duda. Pienso en aquella frase: “sabes que está medio loca, pero por eso quieres estar con ella” como el epítome del amor adolescente. Recuerdo la sensación de plenitud y tranquilidad que sentí la primera vez que escuché su voz y entendí sus palabras; su halo reconfortante, como un sabio que ha entendido que las cosas más sencillas de la vida están llenas de misterio; que el amor solo puede ser heroico y elegante. Pasé horas escuchando a Leonard Cohen, tratando de apropiarme su mística, anonadado por su refinada seducción. Aprender a amar como Cohen: esa es la consigna bajo la cual tendríamos que aspirar a vivir.

Una vez una amiga me reprochó mi falta de espiritualidad: “nunca te he visto rezar” -me dijo; “canto Leonard Cohen” -contesté. Las canciones de Cohen son rezos que le hablan a un Dios inubicable pero omnipresente; un Dios interior. Las pocas veces que se ha atrevido a hablar de su proceso creativo, el cantante canadiense se ha referido a sí mismo como un simple vehículo entre una fuerza creadora y el mundo. Esto se refleja en sus letras, su lenguaje aporta una paradójica sacralidad; es bíblico y a la vez secular; Cohen convirtió la divinidad en una forma de adorar lo humano.

Aunque menos conocidas, sus novelas son igual de poderosas que sus canciones. La primera vez que leí “El juego favorito” decidí que yo tenía que ser escritor. Sus novelas contienen esta misma capacidad de dotar de mística y mitología a los detalles más sutiles de la vida: “Los niños muestran sus cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar. Una cicatriz es lo que ocurre cuando el mundo se hace carne.” -escribe Cohen. Yo encontré en sus palabras una estética perfecta, una arquitectura sobria pero grandiosa. Existe en su prosa una humorística celebración de la vida y las pequeñas complicidades que surgen del amor y la amistad. Sus frases cortas, nostálgicas y llenas de ansias de vida se sincronizaron con mis deseos de mundo. De pronto lo supe: yo quería que mi vida fuera un texto de Leonard Cohen.

Pero el gran arte de Cohen es su manejo sigiloso de la escasa luz; un administrador cuidadoso de la siempre endeble flama. Cohen prolifera en las tinieblas. Si alguna vez las juventudes leyeron Demián, hoy se refugian en Cohen para entender la hermosa y frágil luz que habita en la obscuridad. Una obscuridad que no existe sin humor y un resquicio siempre abierto para la esperanza: “hay una ruptura en todo, es así como la luz entra”. La gran paradoja de Cohen es que su oscuridad es tan suave y generosa que está llena de brillo. En mis periodos más oscuros me refugié en sus tinieblas para encontrar resarcimiento: nada mejor que viajar al centro de la opacidad para encontrar la luminiscencia.

¿Quién es Leonard Cohen? El amante autoconsciente, el poeta desdichado por la obsesión de un fantasma, el seductor enamorado de su propia capacidad de seducción. Hace unas semanas Leonard Cohen sacó su último disco; lo escuché una y otra vez en busca de refugio para la soledad y la culpa, En la canción que le da título Cohen exclama: “Lo querían más oscuro; matamos la flama”. En un mundo que en días recientes se ha vuelto tan atroz, Cohen hizo justo eso: apagó la última llama; la de su alma incansable. La tristeza está de luto; ha muerto su mejor trovador, su más fiel devoto, su más iluminado adorador: el amante eterno. Nunca más habrá tanta luz en la obscuridad. Adiós Leonard Cohen.