EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

Las enseñanzas de la #Lady100pesos

Los superhéroes norteamericanos siempre defienden al bien. Deben ser muy pocos los niños estadounidenses que tengan al Guasón o al Pingüino como sus héroes de infancia. En México las cosas no son tan sencillas; ante la disyuntiva de un ring los niños escogen muy temprano entre rudos y técnicos. El dilema no es menor; los rudos a menudo ganan porque rompen las reglas: dan patadas indebidas, atacan en manada y corrompen al “referee.” En ese sentido, ganar para los rudos es más fácil; los técnicos no sólo deben de enfrentar a sus enemigos sino a un sistema injusto. ¿Para qué perder tiempo haciendo el “bien” si se puede ganar maś fácilmente sin él? La pregunta que inicia en un ring rápidamente se traslada a todos los rubros de la vida cotidiana en México.

Hace unos días un súbito impulso cívico me hizo denunciar a una camioneta de valores estacionada en medio de la ciclovía. Al rescate de los ciclistas urbanos acudió un solitario policía. Al vernos, el conductor encendió el coche y avanzó amenazando con atropellar a nuestro héroe amarillo. Nunca he tenido vocación de mártir pero algo en la asimetría de la escena me hizo solidarizarme con el oficial; en una versión contemporánea de aquella foto en la plaza de Tian’anmen, el policía y yo nos paramos frente a la tanqueta. Nuestra resistencia no pasó inadvertida: los comerciantes de los puestos aledaños se acercaron y comenzaron a gritar injurias y porras: técnicos contra rudos, la disyuntiva de la infancia se abría nuevamente para nuestro improvisado público.

Acostumbrado a la lógica hollywoodense, imaginé a la muchedumbre volcandose a apoyar nuestro esfuerzo; luego me di cuenta que las injurias de los espectadores iban dirigidas a mi y a mi acompañante: “¡Pinche güero ya quitate! No te metas en lo que no te importa”: en la confrontación tácita entre agresor y agraviados; tanqueta armada contra dos ciudadanos, el público optó por los rudos.

Pocos días después el fenómeno se repitió. Andaba por Paseo de la Reforma cuando un vehículo dio una vuelta indebida y quedó a dos centímetros de atropellarme. Sin moverme, le recordé a la conductora que esa vuelta era indebida. La señora bajó el vidrio y sacó la cabeza: “¡Ya largate pinche idiota!” gritó mientras agitaba su puño con violencia. De pronto escuché un grito que provenía de otro ángulo. “¡Ya deja de joder!”: desde un sitio de taxis, un conductor me mentaba la madre.

Lo ocurrido explica mucho sobre nuestras percepciones de la vida en sociedad. Estamos tan poco acostumbrados a hacer lo correcto que cuando alguien no los recuerda no sentimos injuriados. Ante el mal gusto de que alguien más tenga la razón nos defendemos con el único alegato de que aquí lo único que está prohibido es señalar que algo lo está. Pero si bien la reacción defensiva de los agresores es predecible, la reacción agresiva de la “mirones” ante estos actos revela mucho sobre nuestra falta de entendimiento de nuestro actuar cívico.

Para poder adoptar el civismo, la sociedad necesita pruebas de que éste funciona mejor que su contraparte. En lugar de ello, la sociedad premia a su antítesis: el ingenio incívico. “Me los chingué”: quedará inmortalizada como la frase que define al heroísmo social mexicano del siglo XXI. En ese sentido la #Lady100pesos es el perfecto ejemplo de un sistema hecho para recompensar lo insostenible. La joven que maneja ebria e intenta corromper a la autoridad se convierte en un modelo social ligeramente cómico pero finalmente plausible: el mexicano que actúa como mexicano. Una construcción idiosincrática y chusca que no representa la realidad pero agrada a una sociedad que se preocupa poco por “lo correcto”. #Lady100pesos nos enseña que en la sociedad, como en las luchas, la mejor forma de triunfar es no acatar las reglas. Aquí gana el que se sale con la suya, hasta que perdemos todos.