EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

La despedida del Papa

Durante la última semana la vida en México ha girado en torno al Papa. De pronto, el acontecer nacional se ha vuelto monotemático: un extraño oasis de atención focalizada en un mundo acostumbrado a lo efímero. Inmersos en una sociedad creyente, no nos parece extraño que un Papa cause estupor mediático. Pero el fenómeno es digno de analizarse. Hace más de un siglo, Weber habló del desencantamiento del mundo, la visita del Papa a México ha demostrado que los “desencantados” aún quieren creer, quieren vivir bajo el encanto. Mucho se ha hablado de que el catolicismo ha ido perdiendo fuerza en el mundo, pero tendemos a entender la historia desde el cortoplacismo del ahora: dentro de miles de años nuestros descendientes nos agruparán históricamente con los egipcios en la “gran era de las religiones.”

México es un país sumamente conservador y católico, pero la atención que se le dio a la visita del Papa rebasó cualquier expectativa posible. Para todo efecto práctico el mundo se detuvo por cinco días. Los políticos no dieron conferencia de prensa, los crímenes se acallaron, México concentró su distraída atención en el máximo Pontífice. El fenómeno fue sorprendente, reveló la verdadera cara de la pluralidad ideológica: en México los políticos son laicos hasta que llega el Papa. Sorprende en especial la algarabía de los líderes “progresistas” que se soltaron en halagos y muecas de emoción ante la presencia de Francisco. La izquierda mexicana es católica y conservadora.

En el fondo de este fenómeno coexisten dos explicaciones. Por una parte es cierto que los mexicanos han respondido tradicionalmente con entusiasmo a las visitas papales. Pero a este elemento se suma uno nuevo; en un contexto de crisis y de ilegitimidad gubernamental, muchos mexicanos vieron en la llegada de un Papa liberal, un portavoz de su desasosiego. Ante un gobierno que sofoca la crítica y premia el alineamiento, la llegada de una figura moral irreprochable se planteó como una posibilidad de canalizar el disentimiento colectivo.

Esta mezcla de elementos fomentó un ambiente particular en esta visita papal: a la expectativa religiosa se sumó una expectativa político-social. ¿Cómo respondería el gobierno a una crítica papal? ¿Cómo desdeñar los cuestionamientos directos de una figura tan importante? El morbo político atrajo el interés incluso de los más agnósticos. Pero el Papa no fue tan confrontacional como algunos esperaban; su crítica ocurrió en el terreno de lo sutil y lo simbólico. Ante ello, surge la pregunta obligada: ¿Quién ganó más con la visita del Papa? ¿el gobierno o sus críticos? La respuesta es perversamente predecible. Como la crítica del Papa fue demasiado sutil para que el gobierno se asumiera aludido, el gobierno se anotó un triunfo. Para algunos, la visita del Papa funcionó como un simple distractor, pero su visita no distrajo, borró.

El fenómeno del Papa llevó a México a una especie de happening teológico que ha dado al país una coartada de su complicada realidad. En ese sentido, la partida del Papa es un duro golpe para la moral nacional. Durante una semana el Papa ha sido el principio y el final de todo, ahora la ilusión se ha roto. La esperanza llegó, se fue y ahora da paso a un reto más grande. ¿Cómo mantener el optimismo ante lo que viene? La partida del Papa significa también la partida de la posibilidad de que, al menos éticamente, la clase gobernante mexicana no quedara impune. Esto no es del todo malo: ante la falta de un salvador externo, la sociedad mexicana se verá forzada a encontrar esperanza en su interior.