EMILIO LEZAMA

DIRECTOR DE LOS HIJOS DE LA MALINCHE · CONSULTOR · ANALISTA DE MEDIOS Y POLÍTICA

El problema de las burbujas

Estoy soplando burbujas para siempre
Burbujas bellas en el aire
Vuelan tan alto, llegan al cielo
Y como mis sueños, se desvanecen

-Blowing Bubbles; himno del West Ham

Siempre he sido muy escéptico de los oportunistas. Tengo muchos amigos que me preguntan por qué no le voy a los Pumas si estudié en la UNAM. Estoy convencido que los verdaderos aficionados escogen a sus equipos en la infancia y por razones mucho más importantes que “la racionalidad” ¿Cómo iba a saber mi pequeño yo de los 6 años que 12 años después ingresaría a la UNAM? No, los equipos no se escogen así; se escogen por caprichos irreprochables, un color, un jugador, una tradición familiar. En el fútbol como en el amor, la lógica es solo para los oportunistas. La pasión no permite cálculos. Uno se enamora del que puede y luego a ver cómo sobrevive.

Yo le voy al West Ham; el equipo que inmortalizó su gloria en una canción que homenajea el fracaso. La mayoría de los cánticos son aspiracionales, himnos de guerra que preparan a los soldados para el combate. En ese sentido, el West Ham ha construido un anticántico; si las porras buscan construir una catarsis colectiva, en Upton Park lo que sucede tiene geometría de encanto; la catarsis está permeada de la suave filigrana del sueño. Cada juego, los martilleros del West Ham entonan “Blowing Bubbles” mientras que una maquina llena la cancha de burbujas. La escena es profundamente conmovedora, los gladiadores salen al campo de batalla en medio de una melodía dulce y pompas de jabón. El silbido inicial da fin a este trance colectivo; las pequeñas metáforas van cediendo a la realidad y la normalidad se asienta sobre el terreno de futbol. Cuando hay burbujas en la cancha, el West Ham juega de local.

El problema de las burbujas es que se revientan. Eso lo sabemos todos. Y aún así ¿quién no ha soplado con esmero unas pompas de jabón? Todos tenemos ese recuerdo: la versión diminuta de nosotros mismos persiguiendo globitos de aire por un parque. Lo efímero, señores, tiene sus bondades. Si las burbujas anduvieran navegando para siempre -imaginenlas rebotando por doquiera- nosotros mismos acabaríamos por reventarlas. Los sueños son para los que algún día van a despertar; los muertos que yo sepa, no sueñan.

En épocas de un capitalismo emocional rapaz, muchos escogen sus equipos porque les aportarán los triunfos suficientes para sentirse ellos mismos ganadores. Como nunca he sido dado a la autosuperación yo le voy al West Ham por una especie de fobia a la terapia. Alimentarse de los triunfos de los otros es fácil; construir a partir de su derrota es más complicado. Se necesita resiliencia para identificarse con la mediocridad ajena. Los símbolos del West Ham son el martillo y las burbujas; su cimiento simbólico yace entre lo ideal y lo plausible. Si las burbujas se elevan y se destruyen, el martillo construye desde el suelo; el
onirismo se convierte en realidad a través del acero.

Además, mi devoción a los hammers queda bien con mi idealismo. Confieso que me conmueve la idea de un mundo en el que las ilusiones dictan el pulso de la realidad. No es ánimo de dotar a la historia con un aspecto cursi, pero lo cierto es que ésta se construye de ilusiones que al romperse acaban por asentarse sobre la realidad: la ilusión por si sola no es capaz de permear en el mundo de lo palpable, para ello primero debe reventarse; el jabón que cae al piso es el que hace que el mundo se resbale hacia nuevas direcciones. Si muchos aficionados viven de los trofeos de sus equipos, yo prefiero sentirme un revolucionario en potencia; mi lealtad al equipo pasa por la idea de la trascendencia: las burbujas se revientan siempre, hasta que una cuaja y se queda. Cuando las ilusiones son puestas en marcha el mundo de pronto rueda.

Antes de ser acusado de querer justificar la mediocridad de mi equipo con adornos literarios, o de ser considerado un mártir que busca atención escogiendo un equipo mediano, creo que es oportuno explicar mi adherencia a los valores vino tintos. En mi historia, la ilusión y los sueños juegan un papel más allá de la metáfora. Tenía seis años cuando mi papá llegó a casa con la noticia de que nos mudabamos a Londres. El sentido del espacio es peculiar en un niño; no fue el mapa lo que me asustó, sino la extrañeza del nombre. Había algo en la palabra que denotaba una distancia inconmensurable. Londres no sonaba a México y eso lo volvía lejano.

Enternecidos por mi angustia, mis padres me regalaron un pequeño camión de dos pisos. La idea era sencilla: construir un vínculo entre mi mundo actual y mi mundo futuro. El regalo fue -en su forma maś literal- destino. Pegado en la frente del vehículo, un letrero anunciaba el final de la ruta: West Ham. Pasé horas jugando con ese camión; tracé miles de rutas, pero las letras eran inescapables; no importa a donde fuera antes, mi camión siempre llegaba a West Ham. El nombre comenzó a tomar un aire mítico.

Llegué a Londres como quien llega a ïtaca. En algún lugar de la ciudad estaba West Ham y eso sonaba a casa. Como mis padres son generosos pero no suicidas, postergaron con esmero el encuentro. Fue la televisión la que se encargó de hacerlo. Un día prendí el aparato y me encontré con un partido de futbol. De inmediato me enamoré de los colores de aquel uniforme. Era la elegancia en su máxima expresión: el azul cielo y el vino tinto me parecían una combinación digna de los dioses. Un letrero me reveló el nombre de mi nuevo equipo. Pudo haber sido el Aston Villa, pero -afortunadamente- fue el West Ham. Recordé mi camión y supe que había llegado a la última parada. Uno siempre acaba por alcanzar a su destino, sobre todo sobre un camión de doble piso.

Además, mi afición se justifica en los accidentados símiles idiosincráticos. El West Ham es un club intrínsecamente mexicano. Sus contrastes lo revelan tan surrealista como mi país. Durante años, West Ham ha sido vinculado a la violencia de sus seguidores. Enclavado en una de las áreas más pobres de la capital inglesa, el barrio engendró rivalidades y peleas. Para algunos el prototipo de seguidor del West Ham es el obrero inglés; alto, fuerte y rapado. Pero entre toda la
violencia que esta imagen puede engendrar, sobrevive la ternura; cada vez que un partido comienza el equipo de los hooligans canta una enternecida canción de cuna como canto de guerra. Nada más conmovedor que ver a skinheads soplando burbujas.

A pesar de su tendencia a la mediocridad, irle al West Ham no es es ningun sentido un ejercicio vano. Descontextualizado del entorno inglés y su enraizada correlación entre barrio y equipo, para el aficionado casual el West Ham parece un club menor. Nada más alejado de la realidad. El medio futbolistico inglés ha sobrevivido el embate de los valores americanos que sólo premian la victoria. Cierto, no hay duda que los trofeos ayudan; Manchester United, Arsenal, Chelsea y Liverpool son los equipos más “grandes” de Inglaterra por sus triunfos y su dinero. Sin embargo, hay una serie de equipos cuyo valor histórico los pone en un sitio privilegiado a pesar de no contar con el pedigree internacional.

Para el fan “globalizado”, un partido del Chelsea contra el West Ham es un mero trámite, un encuentro entre un gigante y un desconocido; en Londres el duelo se vive como una final. Para el verdadero fan del Chelsea un triunfo ante el West Ham, el Tottenham, el Fulham o el Arsenal puede valer más que un éxito internacional. El ejemplo no es una excepción: pregunten a un seguidor del Arsenal qué le es más importante, ganarle al Bayern o ganarle al Tottenham, pregunten a uno del West Ham si prefiere jugar en Europa o vencer al Millwall; el futbol en Inglaterra no se puede entender sin la rica historia de los clubes, su localización geográfica y sus rivalidades. Dentro de ese universo, el West Ham es un equipo de una tradición intachable y una influencia muy amplia y arraigada. Medio paso abajo de los cuatro grandes existe una constelación de equipos imprescindibles en la cosmología del balompié inglés: West Ham, Tottenham, Manchester City, Newcastle y el Everton: sin ellos la Premier League no debe ser.

Ya he dicho que no le voy al West Ham por anhelo de trofeos pero aún así me gusta mantener cierto coto de dignidad. Para ello cargo con un as bajo la manga. Hace un tiempo un neoseguidor (el equivalente al new-rich del futbol, cuyo apego a un equipo ha llegado con la antena parabólica) del Chelsea me preguntó en tono irónico cuantas ligas ha ganado el West Ham. Mi respuesta fue en modo mayéutico: ¿Cuántos mundiales ha ganado el Chelsea? Mi interlocutor se quedó confundido; entre los anales del wikipediazo y las neófitas narraciones de Sky no se incluye el recuento de la sutilidad y la microhistoria. En 1966 Inglaterra se alzó con el único mundial en su historia; la espina dorsal del equipo estaba compuesta por el gran Bobby Moore, Geoff Hust, Martin Peters y Ray Wilson; cuatro jugadores del West Ham. Alguna vez la selección brasileña fue una versión reforzada del Santos; en 1966 en Wembley, el West Ham venció a Alemania Occidental con tres goles de su delantero y canterano Geoff Hurst; una estatua en frente de Upton Park recuerda aquel momento.

Su presencia allí no es el único indicio de que has llegado a uno de los últimos resquicios auténticos del futbol mundial. Todo en Upton Park está construido de pequeñas sutilezas: la larga cola para “Nathan’s Pie Mash & Eels”; una muestra tan revulsiva como necesaria de la gastronomía inglesa; el vendedor de programas parados sobre una escalera de lamina; el grito de ¡cuidado con el Tottenham! cuando las heces de los caballos policiales llenan la banqueta; y
por supuesto, la estructura chafa que simula las torres de un castillo. Si el estadio del Manchester es conocido como el “teatro de los sueños”, en Upton Park los sueños no son ensayados, aquí el mundo onírico es parte fundamental de la tersa filigrana de la cotidianidad. Upton Park, el estadio del West Ham, se levanta como un monumento a una estirpe cada vez más rara en el mundo del futbol: el romántico empedernido.

Entre todo lo que parece eterno en West Ham, el estadio no figura. Hoy, el West Ham sigue pero Upton Park no. Tras 112 años de ser la casa del azul cielo y el vino tinto, el estadio cede a los impulsos capitalistas que lo convertirán en un complejo de apartamentos. La casa de los sueños se volverá el hogar de algunos cuantos somnolientos. West Ham seguirá su historia unos kilómetros más al sur; el Estadio Olímpico será su nueva casa. En su canción Substitute Pete Townshend habla de la funcionalidad del desorden; “el norte de mi pueblo está en el este, y el este está en el sur”. West Ham es la concretización de la confusión perpetua, no sólo no está en el oeste de Londres sino que el secreto mejor guardado del club es que el West Ham juega en East Ham. En ese sentido el Estadio Olímpico que sí está en el oeste del condado de Ham será un regreso a casa; pero algo en esta corrección geográfica es propensa a crear confusión entre los miembros de un club cuya esencia yace en la inconsistencia y las paradoja. ¿Para qué queremos a la realidad y su exquisito compromiso con la precisión si tenemos fantasía?

La localización geográfica no será la única causa de confusión en el nuevo estadio. Conforme la modernidad reemplaza a la melancólica austeridad, el club irá creciendo. Nada en el nuevo estadio será capaz de recrear el ambiente que Joseph Blatter llamó el segundo mejor del mundo del fútbol (será corrupto pero sabe del deporte). El martillo homogenizador de la globalidad por fín caerá sobre los martilleros y les quitará un toque de su personalidad y de su esencia. Pero hay algo que preocupa aún más. Tras el partido contra el Manchester las luces de este pequeño y anticuado estadio se apagarán para siempre y las torres castillo caeran estrepitosamente. ¿Qué pasará con las burbujas? La caída de Upton Park no es el fin de una era sino de un estilo de vidal: the West Ham way; un fútbol hermoso y luchon pero inefectivo; una forma de sufrir muy cercana al éxtasis. En la historia del West Ham se cuenta la historia de sus aficionados, una clase obrera y trabajadora que no triunfa pero sobrevive de manera milagrosa. ¿Qué pasará cuando el nuevo estadio traiga consigo las bondades del éxito? ¿Con qué talante aventar burbujas en la cara del éxito? ¿Como vamos a reconocer a nuestro equipo cuando gané?

2016 será el punto de quiebre en la burbuja. De un lado nosotros, atrapados en una versión idílica de un club que no buscó el triunfo sino la gloria, y del otro una nueva legión de aficionados que llegarán en busca de glamour, trofeos y la algarabía del primer mundo futbolístico. ¿Quién de nosotros lo hubiera siquiera imaginado? ¿Sabrán ellos que las burbujas no son eternas?

Un club de futbol es la continuidad de la infancia en la vida adulta. Cuando el mundo nos exige ser racionales y aburridos, el futbol nos da noventa minutos para ser niños. Recuerdo el encantamiento que tenían en mí las burbujas; su belleza era efímera pero su existencia activaba en mi un mecanismo eterno: la ilusión. El problema de las burbujas es que se revientan. La
maravilla del mundo es que mientras tanto, las burbujas siempre vuelan.

De alguna forma el West ham deberá adaptarse a su nueva identidad sin perder su esencia. Si alguna vez las pompas de jabón en Upton Park hablaban a un futuro de esperanza que no llegaba, ahora en el Estadio Olímpico las misma burbujas harán de interlocutoras con un mundo pasado donde el futuro era inalcanzable. Un recordatorio de que los sueños duran hasta que la realidad los revienta. Por eso el futbol debe funcionar como un encanto; no un coto de la realidad sino un breve resquicio al margen de ella. ‘Forever blowin’ bubbles’: Aunque el West Ham gané y se vuelva irreconociblemente exitoso, mientras haya burbujas habrá equipo. El camión tiene muchas paradas; algunas buenas, muchas malas, pero al final de trayecto siempre está la casa; la ilusión perdura siempre y cuando se entienda que el destino es la ilusión que permite el camino. En mi vida esa ilusión tiene nombre de embutido: West Ham.